En su primer viaje al Golfo de Urabá en Colombia, antes ocupado por las guerrillas, el geólogo Camilo Montes busca pistas sobre el momento en se colisionaron América del Norte y América del Sur.

Juan Cristobal Cobo

Científicos colombianos se apresuran a estudiar territorios hasta ahora inaccesibles antes de que se pierdan al desarrollo—o nuevos conflictos

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TRIGANÁ, COLOMBIA—Los pocos viajeros lo suficientemente intrépidos como para llegar hasta el norte de Colombia lo hacen por las playas tranquilas y los arrecifes de coral. Pero este no es el caso de Camilo Montes. Tras soportar un agitado viaje en lancha por el golfo de Urabá hasta este pueblo destartalado, él y otros tres geólogos se adentran en la selva, en busca de pistas sobre un profundo evento geológico que transformó el continente americano.

El equipo camina durante 3 horas para llegar a un punto donde un arroyo se derrama suavemente sobre una masa de roca lisa y oscura. Comprueban las coordenadas de GPS y usan martillos para roca para obtener esquirlas que examinan con lupas. No hay duda alguna: la roca y sus inclusiones de color pistacho se formaron cuando brotó el magma, creando las montañas del arco de Panamá, que conforma Panamá y el norte de Colombia. "Es como una fotografía del momento en el que el magma estaba cristalizando", afirma Montes mientras guarda en sacos varios kilos de muestras para llevarlas a su laboratorio. Esto es exactamente lo que esperaba encontrar viniendo aquí.

Montes, geólogo de la Universidad del Norte (Uninorte) en Barranquilla, Colombia, ha estudiado rocas como estas durante toda su carrera. Investiga la formación de los volcanes de Panamá y su colisión con América del Sur, que unió el actual continente americano y permitió que se mezclaran ecosistemas que llevaban separados millones de años. Durante décadas, los científicos han pensado que la lengua de tierra que unió los continentes se formó hace unos 3,5 millones de años. Citando la evidencia fósil y las edades de las rocas volcánicas, Montes y otros argumentan que los continentes se unieron hace 10 millones de años. De confirmarse, este adelanto de fecha cambiaría la forma en que los científicos analizan los fósiles de los dos continentes y cómo calibran los relojes moleculares utilizados para calcular el momento en que divergen las especies. "Si la datación de 3,5 millones de años es incorrecta, esto podría hacer que todo se derrumbara", afirma Susana Caballero, bióloga de la Universidad de los Andes (Uniandes) en Bogotá. Datar las inclusiones cristalinas, asegura Montes, puede influir en ese debate científico.

Antes de aventurarse hasta aquí, Montes había limitado su trabajo de campo en esta zona de colisión geológica a Panamá, donde también se han descubierto rocas reveladoras. Durante décadas, la región de Urabá, al otro lado de la frontera del país de origen de Montes, estuvo ocupada por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), un grupo guerrillero de izquierdas que llevaba librando una guerra contra el Estado colombiano desde 1964. "Los que entraron nunca salieron", afirma Montes. Todo cambió con un trazo de pluma el 26 de septiembre de 2016, cuando el presidente colombiano Juan Manuel Santos firmó un acuerdo de paz con las FARC. Los guerrilleros cerraron sus campamentos de la jungla y entregaron sus armas.

Ahora, Montes y otros científicos colombianos se apresuran a explorar la geología de su país, su riqueza de especies y cómo sus ecosistemas se enfrentan a tensiones como la deforestación y el cambio climático. Esas incursiones son arriesgadas: todavía no se han despejado grandes áreas de terreno minado (ver recuadro) y traficantes de drogas, grupos paramilitares e insurgentes armados no pertenecientes a las FARC plagan las zonas rurales. Pero los investigadores se dejan seducir por la perspectiva de extraer secretos científicos de estas grandes franjas de terreno cuyo acceso ya no está prohibido. La geología de Urabá, afirma Montes, "es una auténtica hoja en blanco".

Un paisaje se abre

Un acuerdo de paz firmado en 2016 entre Colombia y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) permite a los científicos estudiar algunos de los territorios de mayor diversidad e importancia geológica del mundo.

Magdalena Medio y Bajo Cauca Barranquilla Reserva BiológicaEncenillo Triganá Sapzurro La Miel (Panamá) Golfo de Urabá Parque Nacional Natural Chingaza Parque NacionalNatural Sierrade la Macarena Océano Pacífico Bogotá COLOMBIA PANAMÁ Presencia de las FARC en 2013 Presencia de las FARC en 2002 0 Km 250
CREDIT: (MAP) N. DESAI/SCIENCE; (DATA) INTERNATIONAL CRISIS GROUP; A. LUNA ET AL., TROPICAL CONSERVATION SCIENCE VOL. 9, 788 206

Terrae novae

Mucha de la biodiversidad de Colombia también está inexplorada. Se cree que esta nación alberga cerca del 10 % de las especies conocidas de la Tierra. Contiene la mayoría de las especies de aves de cualquier país y solo está por detrás de Brasil, casi ocho veces más grande, en anfibios. La fuente de esa diversidad es una geografía única: en Colombia, el sistema montañoso de los Andes se fractura en tres rangos, crisoles de especiación que han generado cientos de ecosistemas distintos. "Colombia tiene una enorme responsabilidad en cuanto a la conservación de estas especies", afirma Andrés Link, biólogo de Uniandes que estudia el comportamiento de los monos. Pero para proteger sus especies, los investigadores necesitan inventariarlas.

Hasta ahora, las encuestas habían sido difíciles y las perspectivas de estudios a largo plazo eran incluso más sombrías. En 2002, y siendo estudiante, Link estudió las poblaciones de monos de una estación de investigación en el Parque Nacional Natural Sierra de la Macarena, a 200 kilómetros al sur de Bogotá. En aquel momento, la Macarena era un bastión de las FARC y las hostilidades se estaban intensificando. Link se encontraba en la estación aquel enero cuando los lugareños, siguiendo órdenes de las FARC, instaron a los científicos a marcharse. La bióloga Adriana Sánchez Andrade, otra estudiante de Uniandes en aquel momento, también descubrió que las áreas críticas de Colombia se encontraban fuera de los límites de su trabajo sobre ecología vegetal. Optó por hacer su trabajo de campo en Ecuador. "Fue desolador no poder salir y explorar mi propio país", asegura.

Ahora que los investigadores son más libres de explorar, están descubriendo que el prolongado conflicto también ha tenido un lado ecológico positivo: frenó el desarrollo en el territorio controlado por la guerrilla. Los combatientes de las FARC deforestaron algunas áreas para plantar coca, pero sus campamentos estaban bien escondidos y tuvieron una huella ambiental mínima. La violencia también disuadió a granjeros y rancheros de invadir las tierras salvajes.

El biólogo Juan Manuel Posada y su equipo están monitorizando el bosque de Encenillo, un crecimiento secundario que prospera en la ubicación de una antigua mina de piedra caliza.

Juan Cristobal Cobo

Durante los meses posteriores al acuerdo de paz, el gobierno colombiano ha patrocinado viajes de recolección a esos nuevos mundos ecológicos. El Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt, una organización ambiental sin ánimo de lucro de Bogotá, ha realizado cuatro de estos viajes desde agosto de 2016 y está planeando un quinto. "Encontramos nuevas especies en casi todas las expediciones", afirma Javier Barriga Bernal, biólogo del Humboldt y coordinador de expediciones. El equipo ha recopilado miles de muestras y está publicando los datos en línea. "Este es el momento más optimista que he vivido en Colombia", añade Mailyn González Herrera, que encabeza la investigación genética del Humboldt. "Para nosotros, como científicos, es un privilegio y un sueño poder descubrir la extraordinaria diversidad de nuestro propio país."

Pero los ecosistemas antes ocupados no permanecerán inmaculados durante mucho más tiempo, advierte Link. "Estas áreas no solo se han abierto para los científicos", afirma. "Se han abierto para toda la maquinaria del desarrollo." La deforestación está aumentando en todo el país, incluida la región amazónica de Colombia, dado que los agricultores talan los bosques para dar paso a pastos y cultivos. En 2016, el último año para el que hay estadísticas disponibles, la deforestación en Colombia aumentó un 44 %. "El país está experimentando un deterioro ambiental mayor que nunca", dice Link.

Ahora está estudiando los monos araña en el Magdalena Medio, un área del centro de Colombia con una deforestación desenfrenada en los últimos años. Link ha visto cómo el hábitat de los monos se restringe y se fragmenta, haciendo que la fruta de la que dependen sea difícil de encontrar. También ha visto varios monos araña albinos, un signo de endogamia, afirma, que se vuelve más común a medida que las poblaciones se reducen.

La destrucción del medio ambiente está a la vista en el trayecto de los geólogos hacia Urabá. En su viaje a la roca suave y oscura, el paisaje se vuelve montañoso. En una fascinante franja de bosque, se yerguen enormes ceibas y los monos aulladores saltan de rama en rama en el sotobosque. Pero sobre la cresta de la siguiente colina, los tallos se marchitan a lo largo del sendero y el valle inferior está alfombrado de pasto allí donde la tierra ha sido despejada para la ganadería.

El camino hacia la recuperacion

"Aquí está la entrada", indica Juan Manuel Posada, señalando un matorral de aspecto impenetrable. El biólogo introduce su elevada estatura entre las ramas y enredaderas y se desliza en el bosque de la Reserva Biológica Encenillo, donde él mismo y otros están estudiando la capacidad de regeneración de los paisajes desnudos. Hasta 1992, esta área, a unos 90 minutos en automóvil desde Bogotá, había sido una mina de piedra caliza. Las depresiones (pozos antiguos, ahora rellenados) son visibles por debajo de la exuberante vegetación. En 1994 las FARC capturaron La Calera, ciudad situada junto al camino de Encenillo, cortando el acceso a la reserva.

Ahora, aprovechando lo que él llama "el post-posconflicto" que Bogotá ha disfrutado desde que las FARC fueron expulsadas en 2003, Posada está relatando cómo los bosques secundarios se están recuperando en esta y en otras 45 parcelas alrededor de la capital. Su equipo de la Universidad Del Rosario en Bogotá está rastreando las especies pioneras, cuánto tiempo necesita la reforestación y si los bosques secundarios de los Andes retienen tanto carbono como los bosques primarios. En Encenillo, rayas de pintura roja marcan los árboles de una parcela de 20 metros cuadrados que Posada y sus colegas llevan monitorizando desde 2013. Miden el tamaño, la tasa de crecimiento, la masa de raíces, la tasa de fotosíntesis, el almacenamiento de carbono y otros indicadores de la salud del ecosistema.

El terreno húmedo y a gran altitud del Parque Nacional Natural Chingaza, una vez bastión guerrillero, suministra el 80 % del agua de Bogotá.

Juan Cristobal Cobo

Un bosque maduro en esta latitud y elevación —cerca de 2800 metros— sería tan espeso de árboles altos que apenas llegaría luz al suelo del bosque. Aquí hay parches de cielo azul visibles a través de la cúpula vegetal. Pero el bosque está en vías de recuperación y la vida salvaje está regresando. Incluso se han llegado a ver osos de anteojos, una especie andina emblemática pero vulnerable y rara vez vista. "Hay mucha biodiversidad, incluso después de siglos de intervención humana", afirma Posada. Su investigación, dice, refuerza la protección de las áreas incluso después de dejar de ser prístinas.

Aun así, Encenillo y otros ecosistemas se enfrentan a un desafío a medida que el clima va cambiando. Posada está haciendo un seguimiento de esta tendencia en otro paisaje que en otro tiempo estuvo ocupado por las guerrillas: el lluvioso páramo a gran altura del Parque Nacional Natural Chingaza, un ecosistema sin árboles que suministra el 80 % del agua de Bogotá.

Hace unos años, Sánchez Andrade, ahora colega de Posada en la Universidad del Rosario, pasó 18 meses recopilando datos sobre temperatura, precipitaciones, nubosidad y sobre cómo cada variable afectaba a la tasa de crecimiento y fotosíntesis de las plantas nativas del páramo. La propia Sánchez Andrade y Posada esperan poder anticipar cómo puede el ecosistema responder al cambio climático. Sus plantas deberían ser resistentes al aumento de las temperaturas, afirma Sánchez Andrade, ya que pueden resistir variaciones diarias en el páramo de 20 °C. Pero si el cambio climático frena la temporada de lluvia del páramo durante casi todo el año, las consecuencias podrían ser devastadoras para el ecosistema y para los millones de habitantes de Bogotá que dependen del acuífero. "Todo es muy incierto en este momento", advierte Sánchez Andrade. Pero al menos, como ella dice, tiene la posibilidad de estar aquí para estudiarlo.

Amenazas persistentes 

"Bienvenidos a Panamá" El letrero de madera pintado a mano saluda a Montes y su equipo de geólogos en la frontera entre Sapzurro, Colombia, y La Miel, Panamá, apenas a un breve viaje en barca desde Triganá. Para disgusto de Montes, la geología aquí resulta ser menos determinante. Está dominada por rocas sedimentarias que se acumularon gradualmente, en lugar de rocas volcánicas que proporcionan un marcador de tiempo preciso. Pero esa no es la única razón por la cual esta área podría no ser la mejor para su investigación.

El somnoliento aspecto de localidad playera de Sapzurro y La Miel oculta una crisis humanitaria que rodea la frontera. En otros puntos, Colombia se está esforzando por absorber a más de medio millón de refugiados de la calamidad cada vez más profunda que es Venezuela. Aquí llegan inmigrantes desde lugares tan lejanos como Asia y África, con la esperanza de cruzar a América Central en su camino a Estados Unidos o Canadá. Esta agitación atrae a los traficantes de personas hacia Urabá.

Roca volcánica expuesta en Colombia, cerca del Golfo de Urabá, contiene pistas sobre cuándo se unieron América del Norte y América del Sur. Un equipo de geólogos colombianos, entre ellos Felipe Lamus Ochoa (abajo a la izquierda), se está aprovechando de la paz para estudiarla.

Juan Cristobal Cobo

La región también ha sido durante mucho tiempo una ruta popular entre los contrabandistas de droga. Conecta las remotas montañas de Antioquia, un estado donde los agricultores cultivan coca para convertirla en cocaína, con el mar Caribe. "Las estrellas se ven hermosas desde aquí", dice un guía a los geólogos. "Pero algunas de ellas no son estrellas, son aviones drones" que los cárteles de la droga utilizan para controlar el golfo. Las FARC, al igual que otros grupos rebeldes de Colombia, financiaron sus actividades mediante el tráfico de cocaína. Grupos paramilitares, cárteles y pequeños grupos guerrilleros han llenado el espacio vacío. "Ahora es bastante anárquico", asegura Pablo Stevenson, ecologista de Uniandes que estudia los primates. En los últimos años, la producción de coca en Colombia se ha disparado, según la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito. Esa tendencia podría generar más violencia y más minas terrestres, restringiendo de nuevo el acceso a medida que cárteles y grupos paramilitares amplíen la producción y ocupen más territorio.

Las señales de advertencia se dejan ver en otro lugar. Más hacia el interior, Stevenson quiere reabrir la estación de la Macarena. Ha realizado tres viajes al área desde 2015 y ha observado en ella poblaciones sanas de monos. Pero las negociaciones para volver a encender las luces de la estación no han sido fáciles. A pesar del apoyo de algunos aldeanos que esperan conseguir más empleo, los grupos armados de la zona no han dado el visto bueno al regreso de los investigadores. "El optimismo que me invadía a principios de año está disminuyendo", afirma Stevenson. Barriga Bernal, que coordina las expediciones del Instituto Humboldt, también ha tenido que enfrentarse a resistencias. "La desconfianza es un sentimiento generalizado en lugares donde el conflicto duró casi 60 años... y la violencia sigue siendo un hecho cotidiano", afirma. "En estas áreas, la era postconflicto todavía está muy lejana".

Muchos científicos también ven una amenaza inminente en las elecciones presidenciales de Colombia del próximo mes. El conservador Iván Duque Márquez encabeza las encuestas y se ha comprometido a modificar el acuerdo de paz para encarcelar a los excombatientes de las FARC. Algunos temen que si Duque es elegido "podría reventar el proceso de paz", señala Felipe Lamus Ochoa, geólogo de Uninorte que trabaja con Montes. En ese caso sería poco probable que volviera a haber trabajos de campo en Urabá. Por ahora, Montes ha aprovechado lo que puede acabar siendo una oportunidad fugaz; a principios de esta semana regresó a Urabá con docenas de estudiantes. "El acceso ha mejorado", asegura. "Pero ¿quién sabe cuánto durará?".

El reportaje de esta historia ha contado con el respaldo del Pulitzer Center on Crisis Reporting.