Celia García Velázquez ha dedicado 5 años a buscar a su hijo Alfredo, desaparecido en el estado de Veracruz. Ella ha ayudado a excavar la mayor fosa clandestina encontrada en México.

FÉLIX MÁRQUEZ

Cómo unos antropólogos forenses están ayudando a las familias de los desparecidos en México a buscar justicia

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Fl 18 de julio de 2011, Alfredo, hijo de Celia García Velázquez, desapareció. El joven, de 33 años de edad, vivía en un pueblo llamado Chiconquiaco en el estado mexicano de Veracruz, y en el momento de su desaparición era candidato a alcalde de su municipio frente a un candidato apoyado por el partido más poderoso delpaís. "Todo el mundo lo conocía", explica García Velázquez, una mujer robusta con el pelo del color de la melena de un león y una ráfaga de labial rosa brillante. Un día, Alfredo fue a Xalapa, la capital del estado de Veracruz, para solucionar el papeleo de un coche que había comprado. Al igual que muchos hombres jóvenes en Veracruz en aquellos días, más de 700 desde 2006, nunca llegó a casa.

"Necesito saber qué pasó", dice García Velázquez a 15 personas reunidas en un aula con vistas al patio de una iglesia en esta ciudad portuaria. Con voz entrecortada pregunta: "¿Cómo es posible que alguien pueda desaparecer así, como si nunca hubiera existido?".

El grupo asiente.  Ellos también tienen familiares que han desaparecido. Muchas aquí son madres que buscan a sus hijos. Otros buscan a sus hermanos o primos; una mujer busca a seis seres queridos. Ellos son parte del colectivo Solecito, un grupo de más de 100 personas que buscan a los desaparecidos. Y que están recibiendo ayuda de una nueva fuente: antropólogos forenses.

Contando los desaparecidos

Las desapariciones en México se dispararon a partir del inicio de la guerra contra el narcotráfico en 2006 y ahora se elevan a cerca de 28 000, aunque esta cifra oficial probablemente se quede corta. Un porcentaje significativo de secuestros parecen haber sido cometidos por la policía y el ejército.

(Gráficos) G. Grullón/Science; (Datos) Registro Nacional de Datos de Personas Extraviadas o Desaparecidas

Veracruz, al igual que muchos estados de México, está experimentando una epidemia de desapariciones. Desde el comienzo de la guerra contra el narcotráfico en 2006, más de 28 000 personas han desaparecido por todo el país, según el Registro Nacional de Datos de Personas Extraviadas o Desaparecidas. (Probablemente un cálculo a la baja, ya que muchas desapariciones no se denuncian porque las familias temen represalias.) Algunos son secuestrados por los carteles de la droga y son asesinados o forzados al tráfico de mano de obra y de personas. Human Rights Watch, una organización no lucrativa con sede en la ciudad de Nueva York, afirma que muchos otros son secuestrados por la policía y los militares, y que el gobierno hace poco por investigar. Las 15 personas del aula han llegado este fin de semana en busca de sus desaparecidos.

Al frente del aula se encuentra la antropóloga Roxana Enríquez Farias, quien en 2013 fundó una organización no lucrativa llamada Equipo Mexicano de Antropología Forense (EMAF), con sede en la Ciudad de México.   Los antropólogos del EMAF a menudo participan como peritos, evaluando el estado de las investigaciones sobre las desapariciones. Pero en este fin de semana de noviembre, Enríquez Farias explica a las propias familias los pasos de una búsqueda de desaparecidos y cómo utilizar sus búsquedas extraoficiales para presionar a las autoridades para que actúen. "Queremos construir la base [del conocimiento] que va a apoyar su derecho a la verdad y la justicia", explica Enríquez Farías.

"Hasta hace unos años, los científicos no pensábamos en las familias [de las víctimas]," dice Lorena Valencia Caballero, una antropóloga forense de la Universidad Nacional Autónoma de México, en Ciudad de México, que no forma parte del grupo. Pero como los desaparecidos se convirtieron en una crisis humanitaria, el trabajo del EMAF se volvió "extremadamente necesario", afirma. "Corresponde ahora al antropólogo ayudar a las familias a entender cómo determinamos la edad, cuáles son la etapas de la descomposición, cómo se comportan los grupos del crimen organizado; mil cosas que nunca deberían haber tenido que aprender."

"Es una estrategia brillante" cuando autoridades no son sensibles a las necesidades de las familias, asegura el antropólogo forense Nicholas Márquez-Grant, becado en la Universidad de Cranfield, en el Reino Unido. Cuando se encontró con familias de desaparecidos en México este otoño, "pude ver que muchos familiares se habían perdido por completo". Se espera que el modelo del EMAF se pueda replicar en otros países, como Irak, donde las familias son dejadas al margen en las investigaciones de desapariciones.

Quién desaparece

Las desapariciones son más comunes en los estados a lo largo de la frontera entre Estados Unidos y México, y en el centro de México. Las mujeres adolescentes y los hombres jóvenes presentan el mayor riesgo. Algunos son asesinados y otros son reclutados para trabajos forzados y tráfico de personas.

(Gráficos) G. Grullón/Science; (Datos) Registro Nacional de Datos de Personas Extraviadas o Desaparecidas

El día de la madre de este año, Solecito organizó una manifestación para llamar la atención sobre las desapariciones y protestar por la inacción del gobierno. Mientras el grupo escuchaba una oración, unos jóvenes se mezclaron en la multitud y discretamente deslizaron papeles doblados a algunos miembros de Solecito. Eran fotocopias de un mapa dibujado a mano de la zona de campo de Veracruz llamada Colinas de Santa Fe, con indicaciones hacia un campo vacío mal dibujadas a mano. Allí, alguien había dibujado un grupo de cruces con la etiqueta "cuerpos".

Los miembros de Solecito no estaban seguros de qué hacer con la información. ¿De dónde había salido? ¿Qué podían hacer unos ciudadanos en duelo con una potencial fosa común? Después de semanas de deliberación, decidieron empezar a cavar. Así que se pusieron en contacto con Enríquez Farias.

Farias se enfrentó en persona con el problema de las desapariciones de México, mientras trabajaba como arqueólogo forense en la oficina del fiscal de Ciudad Juárez, la ciudad fronteriza al otro lado de Río Grande desde El Paso, Texas.  De 2008 a 2012, cuando la ciudad tenía la tasa de homicidios más alta del mundo, excavó fosas clandestinas para ayudar a identificar a las víctimas. Comenzó a ver que su experiencia científica podría ayudar a llevar la justicia a las víctimas.  Esto la inspiró a fundar el EMAF, que ahora emplea a siete científicos y dos estudiantes voluntarios y está financiado por donaciones de organismos internacionales.

Antes de que el grupo Solecito fuese a desenterrar tumbas este verano, Enríquez Farias vino aquí e impartió al grupo un taller sobre antropología  forense. "Se estaban preparando a sí mismos para lo que encontrarían", afirma. Ella explicó cómo los arqueólogos examinan y retiran las capas de la tierra depositadas sobre una tumba, cómo miden los antropólogos físicos los huesos para determinar el sexo de un esqueleto y qué miembros de la familia pueden proporcionar las muestras más útiles para la identificación del ADN. Pero ella se mantuvo alejada de dar a los buscadores instrucciones explícitas. "No les enseñamos técnicas. Enseñamos los fundamentos", afirma. Una vez que las familias entienden los principios, "pueden evaluar las técnicas", incluyendo aquellas que se ve usar a la policía,y juzgar si se están perdiendo pruebas. Este enfoque ha recibido la aprobación del bioarqueólogo forense Derek Congram, de la Universidad de Toronto, en Canadá. Tratar de formar a las familias en la práctica científica en una noche sería imposible, además de "irresponsable", afirma.

En agosto, Solecito comenzó a excavar, bajo la atenta mirada de la policía local y la fiscalía. "Utilizamos métodos rudimentarios, pero son eficaces", explica Lucy Díaz, una de los fundadores de Solecito. Los buscadores buscan lugares donde la tierra tiene una textura diferente o un color diferente de la tierra circundante, o donde se han despejado las plantas. A continuación, sumergen una varilla metálica de 2 metros de largo en la tierra, la sacan y olfatean su punta para detectar el hedor de la descomposición.  Si huelen la muerte, cavan.

Desde agosto, el grupo ha descubierto 107 tumbas que contenían 124 cráneos y miles de otros restos en el área indicada en el mapa. Es la mayor fosa común descubierta en México hasta la fecha. "No es una fosa clandestina. Es un cementerio clandestino", dijo Díaz en una reunión científica en octubre. Las tumbas, dice, tienen al menos 1,6 metros de profundidad y la mayoría de los cuerpos están enterrados en bolsas de basura. La mayoría son hombres, muchos todavía con los ojos vendados. Algunos muestran heridas de bala.

Este tipo de enterramientos son sensibles porque los agentes estatales podrían haber estado involucrados en algunas desapariciones.  Human Rights Watch documentó 249 desapariciones entre 2007 y 2013, y descubrieron que los policías o los militares mexicanos estaban involucrados en 149 de ellos.

Pero la iniciativa del grupo Solecito estimuló al gobierno para enviar investigadores forenses de la policía federal de México, conocida como la Policía Científica, al cementerio. Solecito localiza los cuerpos, pero una vez que se encuentra una tumba, los investigadores documentan todo lo que hay dentro y alrededor de ella, la ropa, vendajes e incluso alguna que otra tarjeta de identificación de trabajador, afirma Díaz, y retiran los restos para el análisis de laboratorio.

Va lento: hasta el momento, 52 de 107 tumbas han sido completamente procesadas.  Solecito espera un informe de la Policía Científica en enero de 2017, tal vez incluyendo las primeras identificaciones. (La Comisión Nacional de Seguridad, que supervisa a la Policía Científica, no respondió a las peticiones de entrevista.)

Después de buscar a su hijo de forma independiente durante 5 años, García Velázquez se unió al grupo Solecito en agosto, cuando supo del cementerio. Ella espera que Alfredo no esté allí, que todavía esté vivo en algún lugar, tal vez en manos de sus rivales políticos u obligado a trabajar para un cártel de la droga. Pero sabe que incluso si su hijo no está enterrado en Colinas de Santa Fe, el hijo de otra persona sí lo está. Ella ayuda a excavar en el cementerio dos veces por semana. "Es horrible.  Me duele el corazón", asegura. Pero cree que si ella y otros miembros de la familia no toman medidas, los cuerpos permanecerán en el suelo, perdidos y sin identificar, para siempre.

Este mapa dibujado a mano llevó a Solecito a la fosa común en Colinas de Santa Fe. Han descubierto más de 100 cuerpos desde agosto.

FÉLIX MÁRQUEZ

Enríquez Farias admira la valentía de los buscadores, pero le preocupa que su trabajo no dé lugar a la justicia.  El problema, dice, es que los fiscales locales no están realizando la investigación básica de los casos que podrían conducir a hipótesis sobre quién podría estar enterrado en Colinas de Santa Fe. Eso significa que las autoridades no pueden comparar de manera eficiente el ADN de los restos con los familiares probables, o incluso el uso de estrategias de investigación básicas como comparar la ropa con la que una persona desaparecida fue vista por última vez con la encontrada en el cementerio. "La investigación no consiste solo en ir y encontrar los cuerpos. Hay pasos antes de eso", señala Enríquez Farias.

Congram ve un paralelo en España, donde las familias en los últimos años han llamado a investigadores como él para buscar a sus seres queridos desaparecidos durante la guerra civil en la década de 1930.  "Hubo una fiebre de salir a desenterrar los cuerpos," dice, pero no ha arrojado muchos resultados. "Una gran cantidad de cuerpos eran abordados sin una investigación previa." Uno de los sitios donde trabajó produjo más de 400 cuerpos, pero hasta el momento, "no se ha identificado a ninguno de ellos."

Todo el mundo en el aula ese día de noviembre ha notificado su caso a los fiscales mediante la presentación de informes de personas desaparecidas, a veces en contra de los deseos de otros miembros de la familia, que temen convertirse en víctimas ellos mismos. La mayoría también han proporcionado una descripción del desaparecido, además de una lista de sus amigos. Algunos han dado muestras de sangre y pelo para el análisis de ADN. Pero nadie está realmente seguro de qué hicieron los investigadores con esa información.

Así que en este último taller, Enríquez Farias enseña a las familias cómo presionar a los fiscales para que aborden sus casos. Ha invitado a Ibette Estrada Gazga, una abogado del Instituto para la Seguridad y la Democracia, una organización no lucrativa con sede en la Ciudad de México, a subir al estrado. Los fiscales "tienen la obligación constitucional de investigar", explica Estrada Gazga. Las familias pueden comprobar los progresos mediante la solicitud de una copia del expediente del caso al fiscal, informa al grupo. Si el expediente demuestra que no ha hecho nada, un juez puede ordenar al fiscal que vuelva al caso.

Los asistentes al taller forman juntos un rompecabezas que describe los pasos de una investigación forense.

FÉLIX MÁRQUEZ

Más tarde, Enríquez Farias dice estar sorprendida por la dirección que ha tomado su trabajo. "Al principio pensábamos que con hacer exhumaciones o análisis de ADN sería suficiente."   Suspira. "Siempre es mucho más complicado." Por ejemplo, en uno de los casos de EMAF en otro estado, finalmente obtuvieron el derecho a exhumar un cuerpo para confirmar una identificación de ADN.  Sin embargo, el cementerio está en tal desorden (una tumba privada contiene tres cuerpos de más), que después de tres intentos EMAF aún no ha localizado el cuerpo en cuestión.

Luego están las cuestiones legales: los antropólogos del EMAF no excavan extraoficialmente con el grupo Solecito, porque su opinión experta podría ser tratada como parcial y desacreditada en un juicio, explica Enríquez Farias. "Si no existe el marco legal, la antropología se va por el desagüe", asegura. En lugar de ello, las familias deben solicitar los servicios de EMAF como peritos. Se espera que, en conjunto, las familias y EMAF puedan presionar al estado para que investigue. "Nuestra misión es construir un tipo diferente de país".

Congram está de acuerdo en que "las familias que buscan a los muertos puede ser una forma de avergonzar al gobierno y que cumpla con sus obligaciones". Pero cree que los antropólogos del EMAF podrían entrar en el campo de forma independiente, como ha ocurrido en otros países. Por ejemplo, una fundación sin fines de lucro identificó en Guatemala de forma independiente cuerpos de personas desaparecidas durante la guerra civil del país. Sus análisis, en última instancia, fueron aceptados en el tribunal.

Cuando el taller llega a su fin, Liliana González, una estudiante de antropología voluntaria en el EMAF, escribe en grandes letras frente a la clase: "¿Qué es ciencia?".  La gente exclama: "¡Química!" "¡Física!" "¡Antropología!" ¿Y qué buscan los científicos? "¡Conocimiento!" Así es, dice Enríquez Farias.  "La ciencia es la búsqueda del conocimiento.  Pero no cualquier conocimiento. Tiene que ser la verdad."

García Velázquez sale de la iglesia el fin de semana más decidida que nunca a descubrir su pedazo de la verdad, a partir de la obtención de una copia de su expediente del caso. "El taller fue excelente," dice. La próxima vez que el estado ponga un obstáculo, "vamos a recordar lo que nos han enseñado." Y, pase lo que pase, ella seguirá cavando.